Hacerse mujer (Carta a mi hija)



“Hay quien nace mujer y quien se convierte en mujer.
Simone de Beauvoir, 
Diario de una mujer



Con motivo del día de la mujer, hoy no quiero centrarme en la queja ni la denuncia que aunque necesarias, también reclaman de andar con otra pata: lo que es nuestra tarea, la de las mujeres. Me paro y me siento a escribir algunas proposiciones que quizás te puedan servir para tu vida. ¡Espero que así sea! Aprovecho para hacer llegar, a través de ti, éstos consejos a otras mujeres que vienen o vendrán tras de nosotras. He tomado como base un libro que leí hace años y en el que fui subrayando frases y párrafos por la resonancia que tenían en mí. Sobre ellos he desarrollado mis propias reflexiones. Se trata del texto “Un año junto al mar” de Joan Anderson.

Para empezar: Grábate esta idea: Tu alegría y tu bienestar es tu responsabilidad. Sólo tú puedes obtenerlos y sólo tú permites que alguien te los arrebate.

Acoge el silencio como un terreno fértil en el que pueden crecer naturalmente las cosas. No te esfuerces por llenar los vacíos con las amables preguntas insustanciales que por siglos nos han enseñado para remar en la galera de las buenas chicas, las buenas mujeres y las buenas esposas.
Cuestiónate qué implica en tu sistema ser buena. Si ello encierra tragar, callar o soportar lo inaceptable, decide qué serás ahora en lugar de “buena”.

Ante todo, interésate por tu cuerpo. Sé menos cerebral y haz más cosas con él: corre, pasea, danza, baila, canta… Mira si estás siendo negligente, si lo maltratas. ¡Hazte cargo! como vehículo que porta tu vida, y acorta la distancia entre el cuerpo y la mente. No ahogues tus sentimientos y aspiraciones en la obesidad, no lo castigues con hambre, no repitas tus carencias de amor vomitando lo que le alimenta, no lo tortures encaramándolo en tacones imposibles y no estrangules tu necesidad de crecimiento y de libertad embutiéndolo en tallas para niñas. No seduzcas.

Métete por entero en tu piel. Necesitas que tu cuerpo se lleve bien con el resto de ti, para probar tu voluntad y tu perseverancia. Ama tu cuerpo. ¡Amalo! Tal cual es, con sus defectos. Cuida con mimo sus heridas.

Ten fe en lo que él puede hacer. Que no te arrebaten el momento más glorioso y la experiencia más inmensa de ser madre, si decides serlo, con drogas para “no sentir”. La medicina actual no cree en nuestra fuerza, o no le interesa que sepamos que la tenemos. Nos anestesian las tristezas y los dolores propios de la vida y nos cuentan que son patologías ¡Vaya negocio!

¡Qué demonios! Hay cosas que duelen y, si eres sensible y no un zombi (léase: muerto en vida), tendrás penas y angustias. Llorarás. La buena noticia es que si eres un ser sintiente también vivirás alegrías, gozos y disfrutes auténticos.

Recuerda que no puedes ordenar a tu cuerpo que haga todo esto de un día para otro. Necesitas desarrollar primero una buena relación con él. Tienes que hacerte su amiga, mirar hacia adentro, escuchar sus gemidos y sus crujidos, y ponerte en contacto con lo que te quiere contar.

¡Se tú misma! Es fatal no serlo. Evita la competición. Encuentra tu propio estilo. Sólo has de superarte a ti misma, en cada etapa de tu vida, en cada tarea. ¡No te compares y no hagas comparaciones! Sofoca el deseo de impresionar y céntrate en ser sólo tú, acogiendo con ternura todas tus insuficiencias. No ahogues tu verdadera esencia intentando complacer, o encajando en modas tiránicas, o en costumbres mohosas y rancias tradiciones. No huyas de ti.

Elige ser dueña de tu día, cada día, y no una víctima de él. Irás descubriendo que puedes ir dando pasos sobre tus propios límites, y así irás trascendiendo la persona que eras el día de ayer.
Cada día, también, cruza el umbral del pasado y dirígete hacia las fronteras desconocidas que inevitablemente te conducirán a ti misma, a esa persona que estas destinada a ser.

¡Párate de vez en cuando! Y toma conciencia de cuánto temor controla tu vida. Dentro de ti llevas a una niña que se asustará mucho cuando estés pérdida. ¡Y hay que perderse mucho para encontrarse! Tómala de la mano, cálmala, para que no te detenga cuando salgas de tu zona de confort, para que no ande de puntillas en los pasillos que se ocultan a la conciencia, dando vueltas alrededor de los problemas esperando que desaparezcan mágicamente. Es tu responsabilidad.

Muchas veces desearás que tu madre, tu abuela u otras mujeres antes que tú te hubieran abastecido de elecciones hechas para ti, que ellas hubieran andado los caminos que ahora te tocan a ti, pero la que es protagonista hace su propia elección, anda sus propios pasos, mientras que la que no lo es deja que otros la lleven y decidan por ella. Es más cómodo, pero el coste es muy alto: tú misma. Ten seguro que en algún lugar de tu recorrido hay algo que quiere que lo encuentres y lo descubras tú. Precisamente tú.

Las mujeres somos como la niebla: intuimos lo que hay debajo pero nuestro verdadero yo está tapado por lo que los demás piensan de nosotras. Pero incluso ahí no estarás nunca completamente perdida. Forma parte del proceso y, como dice el viejo dicho, “cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”. Alguien encontrarás, o te encontrará, que te guiará, que se tomará la molestia de mirar más allá de tu superficie para ayudarte a bucear en tus profundidades. Porque tendrás días malos en los que sentirás desprecio por ti misma, y puedes aprovechar esos momentos para mirar tu lado oscuro, tu sombra, y descubrir lo menos agradable de tu ego, y trabajar en ello en lugar de esconderlo bajo las alfombras. Pero también tendrás días iluminados por un sol resplandeciente en el que tu alma no podrá contenerse de felicidad. Acuérdate del proverbio zen: “muévete y el camino aparecerá” pues basta que comiences a buscar para que las cosas se pongan en movimiento.

¡Deja espacio para ti misma! Estás tejiendo tu vida. No elijas las telas a la ligera para ese tapiz tan esencial. La vida no es una cosa menor. No combines los colores de cualquier manera. Observa las cualidades que te vas revelando: autonomía, iniciativa, esfuerzo, intimidad, perseverancia… Atiende a tus fuerzas para trabajar y para apoyarte, en cada momento, porque no siempre serán las mismas. No te exijas, porque si quieres terminarlo antes de tiempo solo obtendrás un guiñapo. Recuerda que cada puntada es importante. Si sientes que ahí va un color, no lo sustituyas por otro más apreciado por los demás. Eso sería como falsificar el tejido del que estás hecha. El placer está en la continuidad, en atesorar lo que has aprendido y bordar ese conocimiento en el bastidor de tu biografía. No esperes que las respuestas a tus dudas vengan en los manuales de expertos, eso sólo sería una copia y tú eres original. Ellas deben proceder de tu propio corazón, no de fuera. Se trata de dar y recibir, de adentrarse y de tirar, penetrando a fuerza de trabajo y tesón.

Haz de la paciencia una de tus virtudes, porque nunca hay un final, una llegada, un “ya está”. Todo está cambiando continuamente y todo lo puedes transformar. ¡Acepta tus límites! Porque la vida contiene más de lo que tendrás tiempo de abarcar y capacidad de comprender. La experiencia te irá mostrando que todo será tuyo a su debido tiempo, cuando llegue la estación de las cosechas. No puedes forzar los procesos.

No pretendas la perfección. Querer ser perfecta es terrible porque te aleja de la verdad. Te obligará a mentir y a falsearte para convencer de lo buena, de lo feliz o de lo eficaz que eres. Si quieres perfectos a los demás tendrás que estar dispuesta a conocerles menos y a que te decepcionen más.
¡Pon límites tú! No seas complaciente. No des demasiado para compensar tus carencias. Ofrece lo que quieras dar de ti, a quien y cuando quieras darlo. No seas servidora. No te conviertas en una espléndida anfitriona de nadie. Recibe con agrado a tu familia, a los buenos amigos y a la gente con quien te sientas a gusto, en pequeñas dosis y en consonancia con lo que tu energía te permita. Aprende a ser responsable de ti misma, la dueña de tu tiempo y de tu destino. Tienes una puerta a tu disposición para que la abras a lo que decidas que entre a tu vida y para que la cierres a lo que no quieres para ti, porque es feo, incómodo, tóxico o dañino. A veces eso te hará sentir despreciable por no ajustarte a lo que se espera de ti. No seas ingenua, a veces necesitas tu rabia y desobedecer leyes o mandatos injustos para protegerte. Recuerda entonces las palabras de Clarissa Pinkola: “La Mujer Salvaje enseña a las mujeres a no ser “amables” cuando tengan que proteger sus vidas emocionales. La naturaleza salvaje sabe que el hecho de actuar con “dulzura” en tales circunstancias sólo sirve para provocar la sonrisa del depredador”. Escucha también lo que nos aportó Ramón y Cajal cuando preguntaba: "¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o es que jamás amaste la justicia?”

La rabia te incita a la acción, y la acción te mueve a ser creativa. La acción es necesaria para generar un cambio. Todo lo que se queda en pensamiento o en palabras no vale un pimiento si no se lleva a cabo. La teoría no significa nada si no la pones en práctica. Puedes tener una estupenda receta de tarta de queso pero no la podrás saborear, ni compartir hasta que no te pongas manos a la obra. Lo que da vitalidad a la vida es la acción. Dice un proverbio árabe que nunca nadie se ha podido emborrachar a base de comprender intelectualmente la palabra vino. Hay que bebérselo.

Inspírate en las historias de otras mujeres, de tus ancestros, de mujeres que se enfrentaron a vivencias muy difíciles. Eso te inmunizará contra el victimismo. De poner en los demás tu poder.
No confundas el amor con la dependencia, no busques un marido como excusa para no hacerte cargo de la responsabilidad de enfrentar tu propio crecimiento. Una persona se desarrolla en soledad, como árbol vive de sus raíces aunque el bosque le de protección, y la verdad de cada uno depende de atreverse a hacer incursiones regulares en ella. Ten en cuenta que para llegar a la verdad sufrirás bastantes desilusiones, porque necesitarás dejar caer tus ilusiones para poner los pies en el terreno de lo real.

Si tienes hijos acepta que ellos no te pertenecen como una propiedad, que un día encontrarán su propia tierra, que se deben a su vida. El amor verdadero se amasa con una porción de ternura y otra de un generoso desprendimiento para dejarles ser lo quieran ser.

Pregúntate qué es lo que necesitas objetivamente para vivir. En realidad se necesita muy poco, la vida puede ser muy sencilla y es muy liberador saber que no tienes que andar tras de acumular cosas, sea lo que sea, a lo que te puedes hacer adicta: lujos caros, simpatías de la gente, fama, dinero o poder. Son buenos los ayunos para no atraparse en estas cosas.

Aprende a prestar atención a tus instintos y a tus sentidos. Ellos te informan de lo que necesitas, son como las flechas que te guían en el camino hacia ti misma. Así que, quita la piedra en el zapato cuando te moleste, no esperes a que te haga herida porque te avergüence descubrir tu pie. Para mantener vivos tus sentidos tienes que usarlos. Si no te dueles te volverás indolente.

Conserva siempre una parcela propia de intimidad  para ti misma, un espacio en el guardes lo que es sólo asunto tuyo. Si la delatas, perderás parte de tu fuerza. Respétate tus secretos.

Hija mía, ¡Mujer! Acabo ya. Pero acuérdate de:

- Vivir un poco cada día
- Saludar al sol
- Generar nuevas ideas
- Arriesgarte a nuevas experiencias
- Reconocerte tus logros
- Perdonarte tus errores
- Decidirte a encontrar
- Vaciarte de ansiedad
- Limpiarte de creencias limitantes
- Meditar, reír, cantar, orar…

- ¡HAZTE MUJER!

Almudena Sosa Guzmán