Diógenes habla a Alejandro Magno

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- ¡Hipócrita, eres el claro ejemplo de la estupidez humana! No cabe duda que aún no te desprendes de todos tus vicios. ¡Víctima eres pero victimario fuiste! ¿Acaso has olvidado que con sólo veinte años mandaste a ejecutar a la segunda mujer de tu padre, a tu medio hermano y  a tu primo Amintas II para que nadie te disputara el derecho al trono?

- Pero mis circunstancias eran diferentes yo…

- ¡Calla! ¡Querías hablar conmigo y ahora me escucharás! Además de asesinar por el poder, en tu vanidad, orgullo y deseo inconmensurable de gloria mundana te has hecho nombrar dios por las ciudades griegas, quienes dóciles ante el palo e infieles en la primera oportunidad, te han reconocido con tal carácter, sólo los muchachos de Lacedemonia han sido honorables a su estilo de vida y no te han reconocido como tal.

 Pero dejemos a un lado las anatemas que te mereces y analicemos cómo esa falsa moneda de la costumbre conjugada con los vicios humanos afecta a las ciudades-Estado, a Ligas como la Aquea y la Etolia, a  la Confederación de Delos o a Imperios como el de Jerjes, Filipo o  el tuyo. Las cabezas de esas ciudades e imperios siempre luchan, codician y maldicen a sus compatriotas y a sus vecinos, apenas ven que alguien alcanza poder, lo detienen, atacan y conspiran con ayuda de los que antes eran enemigos y ahora, resultan compañeros ante una amenaza mayor.

Bajo tu mando la situación no cambió mucho que digamos, pues a la muerte de tu padre pensaron que la hegemonía de Macedonia terminaba con Filipo y que podían volver a sus peleas regulares; durante tus correrías orientales han creído que no volverías y algunas ciudades han conspirado para derrotarte y tus funcionarios han hecho negocios  lucrativos con tus bienes y tu muerte temprana en Babilonia, no fue obra de Zeus, sino a consecuencia del  hastío, envidia y ambición de tus generales.

¡Es por eso, “mi alabado Dios muerto”, que no es propio de la naturaleza humana gobernar uno sobre otro! Las ciudades-Estado y los imperios son falsas monedas creadas por la costumbre y vicios humanos ¡Somos ciudadanos del mundo y como tales debemos vivir!

Requerimos hombres virtuosos que supriman las necesidades, vivan de manera natural y austera, aprecien las privaciones, desprecien las convenciones de la vida social y desconfíen de las filosofías refinadas, recuerda que los dioses nos han otorgado una vida fácil, pero la mayoría de esos que se dicen hombres, la han olvidado en la búsqueda de exquisiteces banales.
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La ciudad son los ciudadanos Alejandro y, evidentemente, regularemos la vida en común por las normas que dicte la autarquía; la autosuficiencia personal de los ciudadanos sabios, que se basten a sí mismos para ser felices y compartan con los demás esa felicidad, que halaguen a los virtuosos, ladren ante los vicios y a los malos ciudadanos muerdan con la honestidad. Esa será nuestra única regulación.

El filósofo Diógenes, sin tomar en cuenta la importancia de su interlocutor ni temer por ello, le confronta con la verdad de sus errores, se atreve a llamarle "hipócrita" e incluso le hace callar para mostrarle como, pese a su poderío conquistador, sería traicionado por sus propios generales. Y así Alejandro recibe lo que ninguno de entre los suyos sería capaz de mostrarle honestamente.

Seguramente el precio a pagar por el poder será el de tener que vivir entre la seducción y la mentira de los aduladores interesados. Cualquiera que haya estado en un puesto de poder(autoridad) y haya bajado a la arena, mediante la renuncia o el fracaso, sabrá cuán aséptico resulta el proceso, pues se lleva por delante y de un plumazo todo tipo de piojillos inútiles y pulgas trepadoras.


Sería por eso que al final de su vida, antes de morir, Alejandro pidió tres deseos en relación a su funeral:

1 - Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época.

2 - Que los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas), fueran esparcidos por el camino hasta su tumba.

3 - Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.

Cuando uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuáles eran sus razones. Alejandro le explicó:

1 - Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos NO tienen, ante la muerte, el poder de curar.

2 - Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.

3 - Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro que es el tiempo.

Agregó:
 "El tiempo es el tesoro más valioso que tenemos porque es limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Al morir nada material te llevas, te llevarás las buenas acciones que supiste realizar. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida . El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo".

Almudena Sosa Guzmán