El placer y el dolor

Hay un luchador en todos los rincones del mundo, el médico, que se enfrenta con la primera realidad universal e intransferible, el dolor. 

Un filósofo podrá decir que las cosas no son reales, que no son tal como las vemos, sino como somos. Otro afirmará que el verde que veo, para un perro, puede ser gris, por lo que nadie está seguro de cómo es en esencia. Sin embargo, el ser más ignorante, aunque no alcance a explicarlo, sabe perfectamente cómo siente esa realidad común a todos, el dolor, y su opuesto, el placer. 

Los psicólogos, fisiólogos y filósofos patinan al definir ese par de conceptos porque no pueden reducirlos a estados más simples y generales. Enumeran características, jamás una respuesta definitiva. 

Desde la ameba al hombre más inteligente, todos van tras el placer y huyen del dolor. Ni siquiera vale la objeción de que el masoquista es una excepción, ya que él también va tras el goce de sentirse maltratado. 
Si le preguntamos al ciudadano en la vía pública qué es el placer, pensará en la alegría. Le pedimos que la defina, nos hablará de un sentimiento grato. A este último lo concebirá como algo gustoso, agradable, o sea, lo que causa cierta complacencia; o bien, una satisfacción, la que, finalmente, definirá como aquello que produce lo placentero.

Los cartesianos y Johann Friedrich Herbart explican que un placer resulta de la coexistencia en el espíritu de representaciones que se refuerzan. Y que el dolor proviene de un desacuerdo entre las representaciones. Herbert Spencer lo explica así: "Los dolores son los correlativos de acciones que dañan el organismo, mientras que los placeres son los correlativos de las acciones que contribuyen al bienestar". 

Ernest Renan dijo: "Sí, lo confieso; los simples son los más dichosos. ¿Es ésta una razón para no elevarse? Esas pobres gentes serán más desdichadas cuando sus ojos estén más abiertos al saber. Pero no se trata de ser dichoso, sino de ser perfecto". Es una opinión. 

 Pero lo peligroso se da cuando el poder se cree dueño de administrar el placer y el dolor de los simples o de los pobres, llevándolos hasta la esclavitud. Todos los seres hemos venido al mundo para alternar entre placer y dolor, extremos estos que, moralmente, van unidos a la alegría y a la tristeza. Pero la moral implica la libertad y, con ella, la alternancia resulta más llevadera. 

En fin, un peatón cualquiera podrá decirnos: "Facilíteme un millón de dólares y yo le voy a explicar lo que es el placer". Muy pronto, comprobará que existe esa inevitable fluctuación. Sócrates ya advirtió que Dios debe haber creado encadenados a esos dos enemigos, placer y dolor, de modo que, cuando aparece uno, no tarda el otro. 

¿Qué hacer? Si los seres deben vivir en sociedad, tienen que pensar en el prójimo. El asesino sentirá placer matando. Pero hasta el espíritu más simple experimenta placer con sólo llevar alegría al semejante. 

Ergo, siempre podemos optar por una de las formas de vivir con felicidad: hacer en lo posible felices a los que nos rodean. 

 (Arnaldo Pérez Wat)

Almudena Sosa Guzmán